Capítulo Primero
Mamá dice mi nombre
Aquella mañana de marzo la luz del sol parecía poseer cierta magia que solo Adriana y Arturo podían entender. Mientras la mujer permanecía recostada en su camilla del hospital, él atisbaba asombrado el alba con una duda en su mente, la cual crecía exponencialmente.
Los recuerdos eran tan nítidos que parecía que todo hubiese ocurrido minutos antes, y lo cierto es que tan solo habían pasado algunas horas desde que Adriana rompiese aguas.
De camino al hospital más cercano al hogar de la pareja el hombre intentó tranquilizar a su mujer con preguntas absurdas que no tenían ninguna importancia en aquel momento. ¿Cómo se encontraba? ¿Sentía a la criatura? ¿Le dolía? ¿Cómo llamarían al bebé?
Pero una vez llegados a las puertas de Hôpital Europeen Georges Pompidou los médicos se hicieron cargo de la situación y Arturo se quedó a las puertas del quirófano.
Ya desde los primeros meses de embarazo el Doctor Benoit Zanardini aseguró que había un peligro muy elevado de aborto, y superados los 4 meses de gestación volvió a asegurar que esta vez existía un peligro muy alto de muerte para madre e hijo en el momento del parto. Día tras día el Doctor había conreado unas muy malas predicciones, ya que el embarazo seguía adelante, favorablemente y a punto de superar el último obstáculo. Pero aún así la pareja tenía tanto miedo que habían pensado en más de una ocasión en practicar un abordo asistido.
Zanardini, completamente consternado ante la decisión de la pareja para seguir adelante, se centró en el caso de Adriana y Arturo en cuerpo y alma hasta llegar al punto de perder el sueño. Estudiaba todos los detalles del embarazo, tenía visitas diarias con Adriana, y tras nueve meses de puro sufrimiento estaba logrando su lucro: la vida de una nueva criatura a sus manos.
Lamentablemente aquella noche Zanardini no podría atender el parto, ya que un familiar muy cercano a él había muerto aquel día, y tenía que viajar muy, muy lejos, para atender a su familia. En su lugar estaba el Doctor Bernini, de origen italiano, muy guapo, posiblemente demasiado. Tanto que a Adriana le costó abrirse de piernas para que el joven extrajera al bebé de su vientre.
Fueron ocho horas de dolor para Adriana, pero cuando oyó el llanto de su hija al fin el sufrimiento se convirtió en alegría.
Era dieciséis de Marzo y Adriana descansaba en su camilla mientras los doctores atendían a la criatura. Arturo, apoyado en el alféizar de la ventana observaba el tejado de cristal de las plantas inferiores, en un ángulo de unos 30 grados. Una gran verja al final del jardín del hospital rezaba el nombre del edificio, y algunas personas, ingresadas por inercia en el hospital, caminaban por la verde hierba sin destino aparente.
Cuando Adriana salió de su mente por un momento empezó a hablar. Hacía horas que no conversaba con su marido.
- ¿Quién nos habría dicho que nuestra hija sería parisina? – preguntó ella, luciendo a su vez una inmaculada sonrisa.
- Nadie… - susurró él. - ¿Ya tienes algún nombre?
Como una losa de plomo el silenció calló sobre los hombres de ambos. Aún no tenían ni idea de cómo llamarían al bebé.
- No lo sé… ¿Tú has pensado en algo? – contestó ella, ahora perdiendo la sonrisa.
- No.
- ¿Por qué no dejamos que lo elija Zanardini? – propuso Adriana, volviendo a trazar la alegría en su faz. – sería lo más justo…
Arturo guiñó un ojo a Adriana y volvió a adentrarse en el paisaje que envolvía al hospital.
Cuando el Doctor Benoit volvió de su viaje a Estados Unidos, habían pasado tres días desde el nacimiento de la niña y tanto los padres como los familiares que se habían acercado a parís para verla la llamaban “preciosa impúbera de Dios”.
- ¡Qué aún no tiene nombre! – vociferó Zanardini al recibir la noticía. - ¿Por qué no?
- Porqué queremos que se lo pongas tú.
Ese día el Doctor se sintió la persona más feliz del mundo por poderle poner a una criatura el nombre de su madre, Cristina.
- ¿Alguien tiene una navaja? – preguntó casi chillando Benoit. – ¿O algo con punta? – una anciana gorda sentada en la butaca de visitas le pasó al doctor un pequeño bolígrafo de color rojo al cual se le había gastado la tinta. – ¡Por Cristina! – gritó, y se acercó al alféizar de la ventana y escribió, resquebrajando la madera, el nombre de la hija de Adriana y Arturo, y todos a la vez, los doce que estaban en el interior de la habitación, gritaron el nombre de la primogénita de la pareja.

