miércoles, 20 de mayo de 2009

Prógolo


Prólogo

Hay algo en el aire que se escucha a lo lejos, una especie de aullido que reclama el famoso suspiro de los ángeles, con cuya fuerza airada mueven las campanas de la Parroquia de San Yelmo.
Se encuentran a lo lejos una serie de extrañas señales que evocan a los recuerdos oscuros y promiscuos de una juventud ya pasada, llena de secretos, mentiras, desdichas, enfados y, sobre todo, maleza, la cual cubre los antes verdes campos de una vida brindada a la pasión y el lucro de la divina alegría frustrada, y la que cubrirá, tal vez más pronto que tarde, las pútridas paredes del ataúd en el que descansa mi cuerpo y mi mente.

Parecía mentira el final del camino y lo mal que había acabado todo, teniendo en cuenta la felicidad que parecían derrochar todos mientras sonreían a mi existencia, lanzando piropos y elogios. Cubriendo mi camino de bonitas flores, cuyas espinas se habían concentrado al final de la vereda para hundirse en mi piel, como dagas en el infierno.

Hay cosas que aún hoy no entiendo, y esas cosas lentamente se desvanecen como todo lo otro que antes tenía. ¿Qué ha sido de mi vista? ¿De mi gusto? ¿De mi oído?
¿Dónde fueron mis llantos? ¿Y mis lamentos? ¿Y mis risas?
¿Quién me ha robado la alegría y la pena, ahora ya muerto?
¿Qué pasó con mi ira y quién cumplirá ahora mi venganza?